Si contrastamos esos mundos también nos aproximaríamos a los cuartos oscuros de su soledad que parece haber sido la constante de su vida en el internado y, que talvez, expliquen porque esos años no han sido tenidos en cuenta por el propio Gabo, tanto en su biografía Vivir para contarla, como en las entrevistas en las que se refirió al tiempo que vivió en Zipaquirá.
El mundo de la infancia de GM, su relación con el abuelo, su experiencia en la casa de la abuela en Aracataca, el desarraigo de que hemos hablado, hay que introducirlos de alguna forma en la historia que se quiere contar. Pues si no se hace, será imposible imaginar siquiera las tensiones que gravitan en el interior de la siquis del muchacho y que harán de él, el hombre extraordinario que nos fue dado conocer “muchos años después”.
La película no se puede quedar corta en la búsqueda de lo que denomina Gustavo Castro Caycedo sobre sus años de Zipaquirá: “el eslabón perdido en la vida de Gabo y la literatura universal”.
Las tragedias de las que GM fue testigo y doliente en Zipaquirá: muerte de Lolita, suicidio del rector Castellanos, las muertes de un compañero del liceo y de su profesor de educación física no están sueltas en la película, todas tienen conexión.
La metamorfosis
y el
mundo del joven Gabo
Cómo retratar la metamorfosis de un personaje sigue siendo un desafío mayúsculo, porque los tiempos de la vida son lentos, aritméticos, mientras el tiempo cinematográfico es rápido, geométrico (Por ello, a menudo se resuelve con fórmulas garciamarquiamas: muchos años después). No parece que los 100 minutos, tal y como están escritos, retraten o le sigan la pista a esa metamorfosis que sufre un adolescente de 16 años, que sólo tiene preguntas y desarraigo, para convertirse en el hombre con una conciencia de su destino como escritor.
Quizás algo que en esta película, podría ayudar a entender es la metamorfosis del joven anónimo que se convierte en un monstruo de escritor, entonces sería contrastar su mundo costeño a través de los sueños, o recrear las vacaciones de fin de año en las que GM vuelve a su casa, pues en ese interactuar con los suyos se puede dibujar el mapa de las cosas nuevas en su vida, de cómo esa experiencia en las tierras frías en el internado le han mostrado otras perspectivas y en cierto modo, lo han cambiado.
Si contrastamos esos mundos también nos aproximaríamos a los cuartos oscuros de su soledad que parece haber sido la constante de su vida en el internado y, que talvez, expliquen porque esos años no han sido tenidos en cuenta por el propio Gabo, tanto en su biografía Vivir para contarla, como en las entrevistas en las que se refirió al tiempo que vivió en Zipaquirá.
El mundo de la infancia de GM, su relación con el abuelo, su experiencia en la casa de la abuela en Aracataca, el desarraigo de que hemos hablado, hay que introducirlos de alguna forma en la historia que se quiere contar. Pues si no se hace, será imposible imaginar siquiera las tensiones que gravitan en el interior de la siquis del muchacho y que harán de él, el hombre extraordinario que nos fue dado conocer “muchos años después”.
La película no se puede quedar corta en la búsqueda de lo que denomina Gustavo Castro Caycedo sobre sus años de Zipaquirá: “el eslabón perdido en la vida de Gabo y la literatura universal”.
Las tragedias de las que GM fue testigo y doliente en Zipaquirá: muerte de Lolita, suicidio del rector Castellanos, las muertes de un compañero del liceo y de su profesor de educación física no están sueltas en la película, todas tienen conexión.